APRENDER HACIENDO

El aprendizaje constante es una de las grandes retribuciones de la edición. El editor se compenetra tanto con la obra que el mensaje termina por transformarlo. En mi caso particular, he encontrado verdadero placer en desglosar las diminutas piezas de la estructura medular de un texto, impregnarme del mensaje y reorganizar la línea de pensamiento del autor hasta lograr una textura plana y sin aristas.

Recuerdo que al corregir, editar y prologar la obra de una famosa abogada que lucha por las mujeres maltratadas en La Florida y Puerto Rico descubrí formas de abuso que ni siquiera imaginaba que existieran. A través de los consejos de la autora para sus lectoras, logré encontrar un nuevo nivel de respeto y valoración que los hombres deberíamos alcanzar en nuestro trato con las mujeres. Me asombré al conocer las estadísticas del maltrato familiar y el límite sutil que transforma una expresión viril en un irrespeto hacia la mujer.

Mientras avanzo en la biografía de un minero colombiano, me embriago con el verde mineral de la esmeralda y me identifico con el estado febril de los hombres que buscan en las entrañas de la tierra el tiquete a la felicidad que reposa en alguna veta olvidada desde la prehistoria.

Las pesquisas de un muchacho de buena familia que se convierte en investigador criminal luego del secuestro de su hermana, me han dado nuevas luces sobre el proceso policial de recolección de pruebas y los intrincados tentáculos de las redes ilegales internacionales. Esta novela policial me exije pulir al malvado para que sea aún más malvado y humanizar al bueno de la historia para que sea más creíble, todo sin desbaratar la fabulosa narrativa del autor.

Estos son solo tres ejemplos del alcance de un oficio cuya propósito es preparar una obra para su publicación. Aunque el trabajo se desarrolla por completo detrás del telón, es innegable que su práctica enriquece, al menos moralmente, a quien lo ejerce con pasión.

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